Traducción Omar Tricarico
Residuo
De todo quedó un poco.
De mi miedo. De tu asco.
De los gritos reiterados. De la rosa
quedó un poco.
Quedó un poco de luz
captada en el sombrero.
En los ojos del rufián
de ternura quedó un poco
(muy poco).
Poco quedó de este polvo
del que tu blanco zapato
se cubrió. Quedaron pocas
ropas, pocos velos rotos
poco, poco, muy poco.
Pero de todo queda un poco.
Del puente bombardeado,
de dos hojas de césped,
del paquete
-vacío- de cigarrillos, quedó un poco.
Pues de todo queda un poco.
Queda un poco de tu mandíbula
en la de tu hija.
De tu áspero silencio
un poco quedó, un poco
en los muros irritados (enfadados)
en las hojas, mudas, que trepan.
Quedó un poco de todo
en la fuente de procelana
dragón partido, flor blanca,
quedó un poco
de arruga en tu frente,
retrato.
Si de todo queda un poco,
entonces ¿Por qué no quedaría
un poco de mi? ¿en el tren
que lleva al norte, en el barco.
en los avisos del periódico,
un poco de mí en Londres,
un poco de mí en algún lugar?
¿en la consonante?
¿en el pozo?
Un poco queda oscilando
en la desembocadura de los ríos
y los peces no lo evitan,
un poco: no está en los libros.
De todo queda un poco.
No mucho: de una canilla
cae esa gota absurda,
medio sal y medio alcohol.
salta esta pata de rana.
este vidrio de reloj
partido en mil esperanzas.
este cuello de cisne,
este secreto de infancia...
De todo quedó un poco:
de mí; de ti; de Abelardo.
Un cabello en mi manga,
de todo quedó un poco;
viento en mis orejas,
simple eructo, gemido
de víscera disconforme,
minúsculos artefactos,
campanilla, alvéolo, cápsula
de revólver... de aspirina.
De todo quedó un poco.
Y de todo queda un poco.
Oh abre los vidrios de la loción
y aspira
el insoportable mal olor de la memoria.
Pero, de todo, terrible, queda un poco,
y bajo las olas ritmadas
y bajo las nubes y los vientos
y bajo los puentes y los túneles
y bajo las llamaradas y bajo el sarcasmo
y bajo la saliva y bajo el vómito
y bajo el sollozo, la cárcel, lo olvidado
y bajo los espectáculos y bajo la muerte escarlata
y bajo las bibliotecas, los asilos, las iglesias triunfantes
y bajo tú mismo y bajo tus pies duros
y bajo los goznes de la familia y de la clase,
queda siempre un poco de todo.
A veces un botón. A veces una rata.
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Consuelo en la playa
Vamos, no llores...
La infancia está perdida.
La juventud está perdida.
Pero la vida no se perdió.
El primer amor pasó.
El segundo pasó.
El tercero pasó.
Pero el corazón continúa.
Perdiste el mejor amigo.
No intentaste cualquier viaje.
No posees tierra, casa, barco,
pero tienes un perro.
Algunas palabras duras,
en voz mansa, te golpearon.
Nunca, nunca cicatrizan.
Pero ¿y el humor?
La injusticia no se resuelve.
A la sombra de un mundo errado
murmuraste una protesta tímida.
Pero vendrán otras.
Todo sumado, deberías
precipitarte, de una vez, en las aguas.
Estás desnudo en la arena, en el viento...
Duerme, hijo mío.
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Como un presente
Tu cumpleaños, en la oscuridad,
no se conmemora.
Excusa de llevarte esta corbata.
Ya no tienes ropa, ni necesitas.
sobre un mantel en el espacio hay una cena,
pero tu alimento es silencio, tu hambre no come.
Sólo te pido la mano arrugada
para besarle las venas gruesas.
Ni busco en los ojos estriados
aquella interrogación: ¿Recién llegas?
En verdad no cumples más años.
No envejeces. El último retrato
vale para siempre. Eres un hombre cansado
pero fiel: documento de identidad.
Tu inmovilidad es perfecta. A pesar de la lluvia,
la incomodidad de este suelo. Pero siempre amaste
lo duro, lo relente, la falta. El frío se siente
en mí, que te visito. En ti, la calma.
¿Cómo compraste calma? No la tenías.
¿Cómo aceptaste la noche? Madrugabas.
Tu caballo corta el aire, guardo un espuela
de tu bota, un grito de tus labios,
siento en mí tu copa llena, tu cuchillo,
tu prisa, tu estruendo...encadenados.
Pero no descubro tu secreto.
No está con los papeles
del cofre. Ni en las casas que habitaste.
En el caserón azul
veo la fila de cuartos sin llave, oigo tu paso
nocturno, tu carraspera, y siento las vacas
y siento las tropas que llevabas por el campo
y siento las elecciones (tu desprecio) y siento la Cámara
y pasos en la escalera, que suben,
y soldados que suben, rojos,
y armas que tal vez te matarán,
pero no se atreven.
Veo, en el río, una canoa,
y en ella tres hombres.
"Disculpe que pregunte patrón ¿Usted sabe nadar?
porque esta canoa se puede voltear, santo Dios,
y su creación nunca más se va a encontrar."
Tu mano retira del bolsillo una cosa. Tu voz se adelanta.
"Disculpe, patrón, ¿No se puede hacer una broma?"
Te veo más lejos. Quedaste pequeño.
Imposible reconocer tu rostro, aunque sé que eres tú.
Viene de la niebla, de las memorias, de los baúles repletos,
de la monarquía, de la eslcavitud, de la tiranía familiar.
Eres frágil y la escuela te devora.
Haría de ti un farmacéutico malhumorado, un doctor confuso.
!Para comenzar: Una docena de tortas!
¿Quién dijo?
Entraste por la puerta, saliste por la ventana
-¿aprendió, maestro?- el que quiera que cuente otra,
pero tu ganabas el mundo y en él aprenderías tu suscinta gramática,
la mano del mundo tomaría tu mano y dibujaría tu letra firme,
el libro del mundo te entraría por los ojos y te imprimiría su ciencia clara y
completa,
pero no descubro tu secreto.
Tal vez sea un error que amemos así a nuestros parientes.
La identidad de la sangre actúa como cadena,
quizás sea mejor quebrarla. Buscar mis parientes en Asia,
donde el pan sea otro y no haya bienes de familia para preservar.
Taras, enfermedades, deudas; apenas se respira en el sótano.
Quisiera abrir un agujero, perforar el túnel, abandonar mi tierra,
pasando debajo de sus problemas y labranzas, de la eterna
[agencia de Correo,
[e imaginar nuevos antepasados en una ciudad nueva.
Quisiera abandonarte, negarte, arrancarte,
pero es sorprendente:
no estás, y te siento,
no me hablas, y te converso.
Y tanto nos entendemos, en la oscuridad,
en el polvo, en el sueño.
Y pregunto tu secreto.
No respondes. No lo tenías.
Realmente no lo tenías, ¿me engañabas?
Entonces aquel maravilloso poder para abrir botellas sin destapador,
de desatar nudos, atravesar ríos a caballo, asistir, sin llorar, a la
muerte de un hijo;
expulsar asombros apenas con tu paso duro,
el ganado que desaparecía y regresaba, aunque la peste barriese las estancias,
el dominio total sobre hermanos, tíos , primos, camaradas, cajeros, fiscales
del gobierno, beatas, padres, médicos, mendigos, locos mansos, locos agitados,
animales, cosas:
entonces ¿no era un secreto?
Y tú que me dices tanto
de eso no me cuentas nada.
Perdóname la dilatada charla.
Tan pocas palabras, antes!
Es cierto que intimidabas.
Guardabas tal vez el amor
en cerca triple de espinas.
Ya no necesitas guardarlo.
En las sombras donde cumples años,
en la oscuridad,
está permitido sonreir.