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| Macedonio
Fernández, 1874-1952 (Palabras de Borges ante la tumba de Macedonio Fernández) Un filósofo, un
poeta y un novelista mueren en Macedonio Fernández, y esos términos,
aplicados a él, recobran un sentido que no suelen tener en esta república. Filósofo es,
entre nosotros, el hombre versado en la historia de la filosofía, en la
cronología de los debates y en las bifurcaciones de las escuelas; poeta
es el hombre que ha aprendido las reglas de la métrica (o que las
infringe, ostentosamente) y que sabe, también, que puede versificar su
melancolía, pero no su envidia o su gula, aunque tales pasiones sean
fundamentales en él; novelista es el artesano que nos propone cuatro o
cinco personas (cuatro o cinco nombres) y los hace convivir, dormir,
despertarse, almorzar y tomar el té hasta llenar el número exigido de
páginas. A Macedonio, en cambio, como a los hindúes, las
circunstancias y las fechas de la filosofía: no le importaron, pero si
la filosofía. Fue filósofo, porque anhelaba saber quiénes somos (si
es que alguien somos) y qué o quién es el universo. Fue poeta, porque
sintió que la poesía es el procedimiento más fiel para transcribir la
realidad. Macedonio, pienso, pudo haber escrito un Quijote cuyo
protagonista diera con aventuras reales más portentosas que las que le
prometieron sus libros. Fue novelista, porque sintió que cada yo es único,
como lo es cada rostro, aunque razones metafísicas lo indujeron a negar
el yo. Metafísicas o de índole emocional, porque he sospechado que negó
el yo para ocultarlo de la muerte, para que, no existiendo, fuera
inaccesible a la muerte. Toda su vida,
Macedonio, por amor de la vida, fue temeroso de la muerte, salvo (me
dicen) en las últimas horas, en que halló su coraje y la esperó con
tranquila curiosidad. Intimos amigos de
Macedonio fueron José Ingenieros, Ignacio del Mazo, Carlos Mendiondo,
Julio Molina Vedia, Arturo Múscari y mi padre; hacia 1921, de vuelta de
Suiza y de España, heredé esa amistad. La República Argentina me
pareció un territorio insípido, que no era, ya, la pintoresca barbarie
y que aún no era la cultura, pero hablé un par de veces con Macedonio
y comprendí que ese hombre gris que, en una mediocre pensión del
barrio de los Tribunales, descubría los problemas eternos como si fuera
Tales de Mileto o Parménides, podía reemplazar infinitamente los
siglos y los reinos de Europa. Yo pasaba los días leyendo a Mauthner o
elaborando áridos y avaros poemas de la secta, de la equivocación,
ultraísta; la certidumbre de que el sábado, en una confitería del
Once, oiríamos a Macedonio explicar qué ausencia o qué ilusión es el
yo, bastaba, lo recuerdo muy bien, para justificar las semanas. En el
decurso de una vida ya larga, no hubo conversación que me impresionara
como la de Macedonio Fernández, y he conocido a Alberto Gerchunoff y a
Rafael Cansinos Assens. Se habla de la irreverencia de Macedonio. Este
pensaba que la plenitud del ser esta aquí, ahora, en cada individuo,
venerar lo lejano le parecía desdeñar o ignorar la divinidad
inmediata; de ese recelo procedieron sus burlas contra viejas cosas
ilustres. Los historiadores
de la mística judía hablan de un tipo de maestro, el Zaddik,
cuya doctrina de la Ley es menos importante que el hecho de que él
mismo es la Ley. Algo de Zaddik hubo en Macedonio. Yo por
aquellos años lo imité, hasta la transcripción, hasta el apasionado y
devoto plagio. Yo sentía: Macedonio es la metafísica, es la
literatura. Quienes lo precedieron pueden resplandecer en la historia,
pero eran borradores de Macedonio, versiones imperfectas y previas. No
imitar ese canon hubiera sido una negligencia increíble. Las mejores
posibilidades de lo argentino —la lucidez, la modestia, la cortesía,
la íntima pasión, la amistad genial— se realizaron en Macedonio Fernández,
acaso con mayor plenitud que en otros contemporáneos famosos. Macedonio
era criollo, con naturalidad y aun con inocencia, y precisamente por
serlo, pudo bromear (como Estanislao del Campo, a quien tanto quería)
sobre el gaucho y decir que éste era un entretenimiento para los
caballos de las estancias. Antes de ser
escritas, las bromas y las especulaciones de Macedonio fueron orales. Yo
he conocido la dicha de verlas surgir, al azar del diálogo, con una
espontaneidad que acaso no guardan en la página escrita. Definir a
Macedonio Fernández parece una empresa imposible; es como definir el
rojo en términos de otro color; entiendo que el epíteto genial, por lo
que afirma y lo que excluye, es quizá el más preciso que puede
hallarse. Macedonio perdurara en su obra y como centro de una cariñosa
mitología. Una de las felicidades de mi vida es haber sido amigo de
Macedonio, es haberlo visto vivir. Marzo-abril de 1952
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